Escrito por: Jefry Gómez Alzate
“La creación colectiva que estamos atreviéndonos a hacer (en Teatro Estudio) va a ser distinta a la de hace 50 años en el Teatro La Candelaria, la época ha cambiado muchísimo. No por dárnoslas de locos o inventores del agua tibia, es simplemente por divertirnos, eso es.” – César Badillo, director de ‘Fe de Ratas’
La creación colectiva, el método más influyente y sistematizado en Latinoamérica, convivió con Teatro Estudio a lo largo de un año en una visita que quedará perpetuada en las dinámicas del grupo y reflejada a través de la obra “Fe de Ratas”, dirigida por César Badillo y enmarcada en un regalo del grupo para el grupo como acto de celebración por los 20 años juntos en escena, ininterrumpidamente, de parte de cuatro de sus integrantes. Visita que se dio al principio virtualmente, después en viajes que permitía encontrar a Coco con el equipo en la sala de Teatro Estudio y a estos con Coco en el municipio de San Francisco, Cundinamarca.
Esta visita fue recibida, en orden, con tinto y conversación, luego con lectura, películas, improvisaciones, talleres, escritura, y finalizó su recorrido con un montaje final. Metódicamente, el tinto y la conversación llevó a cada miembro del equipo a preguntarse sobre su existencia en relación al mundo, y como respuesta se encontró otra pregunta mejor formulada que serviría como base para iniciar la operación de búsqueda de una obra invisible, pero latente entre el grupo; operación relacionada a una fábula propuesta por César, conocido comúnmente como Coco, que trataba, en síntesis, sobre una rata que quería ser actriz, es decir, como ingredientes iniciales se contaba con las preguntas sobre el hogar, la idealización, la segregación y el mañana, más, la fábula de la rata. La lectura, que nunca cesó, sirvió junto al cine para encontrar referentes que impulsaran el imaginario creativo encargado de construir la ruta por la que las patitas de la rata darían sus rápidas y cuidadosas pisadas.
Con la creatividad estimulada y ansiosa por traducirse en escena, llegaron las improvisaciones; exactamente 48 improvisaciones propuestas individual y grupalmente, cada una de ellas documentada en vídeo y en una tabla que detallaba su nombre, describía la improvisación – descripción proporcionada sin juicios por los integrantes que no participaban directamente en ella -, guardaba las sonoridades, textos, espacio, objetos, elementos naturales, estados y observaciones de los compañeros espectadores en relación a la improvisación con la búsqueda y pregunta existencial trabajada. En paralelo al trabajo escénico se vieron talleres sobre la animalidad ‘ratíl’, y se realizó escritura de escenas propuestas por cada uno para improvisarlas. Después del proceso de las improvisaciones llegó un arduo y cuidadoso análisis a la tabla y vídeos para encontrar la estructura que pondría de pie la obra.
Es de mala educación hablar de una visita y no contar cómo es ella. Si alguien se pregunta cómo es la
creación colectiva, es probable que la respuesta primero responda a un qué y no a un cómo. ¿Qué? Un teatrero con 45 años de experiencia trabajando la creación colectiva, llamado Coco, diría: “Es un acto de generosidad de los participantes, un acto de entrega y de confianza”. Esto le da otro giro de tuerca a la concepción de la creación colectiva como método, llevándolo a un plano más humano, es decir, la convierte en incertidumbre traducida en retos de los que actores y director aprenden y rompen sus propios paradigmas. Aterrizada en el plano humano podemos hablar del cómo: en pocas palabras, se podría asegurar que la creación colectiva es honesta, al menos como se vivió en Teatro Estudio, fue un lugar donde poco a poco los tecnicismos cayeron solos; se llega con ideas, con referencias, con conceptos —el devenir animal, todo eso—, pero en la práctica lo que termina mandando es la convivencia entre los cuerpos; se está tantas horas con los otros que no queda mucho espacio para fingir: el mismo grupo empuja a ser honesto, entonces lo que aparece no es “una técnica bien aplicada”, sino cuerpos que realmente están vibrando en escena, reaccionando entre sí. Por eso el espectador conecta, porque no necesita haber estudiado teatro ni entender las teorías detrás de la obra; lo que ve son cuerpos vivos encontrándose, esa energía es muy directa, la escena habla desde un lugar más instintivo, más humano… o animal.
Escrito por: Jefry Gómez Alzate, marzo 2026